Es común en América Latina ver la creatividad con la que las personas utilizan las herramientas, al fin y al cabo, quién no se ha subido a un carro dónde hay un desatornillador en vez de manigueta para abrir y cerrar la ventana, como no recordar en algún momento ver a alguien utilizando un  alicate, taladro, sartén o cualquier indumentaria con agarradera como martillo, o el mejor de todos, utilizar una tarjeta de crédito para un sinfín de utilidades desde cortar papel hasta intentar abrir una puerta.

Esto, que en muchos casos nos parece sumamente divertido, es algo con lo que nos topamos usualmente en el ambiente organizacional: un mundo lleno de grandiosas herramientas utilizadas para cosas mundanas.

Voy a darles unos cuantos ejemplos para que quede claro este tema:

Hace unos meses, nos encontrábamos reunidos con el departamento de recursos humanos de una empresa bastante grande. Ellos querían conversar con nosotros sobre cómo mejorar la cultura de su organización para disminuir la alta rotación de la que sufren actualmente. En medio de la conversación, mencionamos el tema de Gamificación (o como se traduce al español correctamente: Ludificación), una gran herramienta en la que se aplican estrategias que nacen de los juegos y se aplican a la realidad cotidiana para mejorar la motivación y el deseo de hacer el trabajo. 

Pero rápidamente fuimos interrumpidos por una de las personas en la reunión mencionando que ellos ya utilizan la gamificación, puesto que crearon un juego en línea y cuando las personas hacen bien su trabajo les dan puntos virtuales para que usen en el juego. En mi cabeza solo podía pensar en cientos de personas tratando de atornillar un tornillo usando una moneda.

Otro ejemplo más reciente, tiene que ver con el famoso Design Thinking o Pensamiento de Diseño, es un marco de referencia de pensamiento, una manera de acomodar nuestras ideas para identificar oportunidades, su objetivo es simplemente ayudarnos a encontrar nuevas y mejores formas de analizar y pensar las cosas. No es un proceso, no es una estrategia de validación, no es una solución a ningún problema y mucho menos, una píldora cura todo que va a transformar una organización en una fábrica inagotable de innovación. 

Y, sin embargo, la semana pasada en un congreso internacional, escuchamos claramente a un “experto” mencionar como el implementar el Pensamiento de Diseño en su empresa los va a convertir de la noche en la mañana en una organización innovadora. Y muchos creen que es así, al menos una vez por semana escuchamos a alguien hablar como su empresa se va a convertir en líder de la innovación ya que implementaron el Pensamiento de Diseño en su planeamiento estratégico.

Y el más triste de todos, ya que tiene que ver con los futuros innovadores, es ver como les siguen recetando a los emprendedores el Modelo de Negocios Canvas, una herramienta maravillosa que nos ayuda a recordar todas las cosas en las que tenemos que pensar a la hora de empezar cualquier negocio (o cuando queremos mejorarlo), un modelo que busca pensar en cosas nuevas, diferentes y creativas, y la enseñan como una cárcel estructural acompañada de herramientas viejas y herrumbradas como los cuadros de mando, los análisis FODA y los objetivos estratégicos (sí, todas estas están obsoletas, y cuando quieran podemos discutirlo).

Las herramientas con las que podríamos catapultarnos hacia un mundo nuevo son vendidas como la solución universal al éxito para finalmente ser implementadas con el mismo impacto que tendría reforzar la estructura de un edificio con una nueva mano de pintura. 

Se crean falsas expectativas y se terminan odiando las herramientas que sí podrían facilitar una transformación, si tan solo nos tomáramos el tiempo de entenderlas y usarlas para lo que fueron diseñadas


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