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Esta tarde estaba revisando mi cuenta de twitter cuando me topé con un interesante artículo de CNN, en el que nos cuentan como el día de hoy la empresa Wells Fargo, uno de los bancos más grandes de los Estados Unidos, despidió a 5,300 empleados por abrir cuentas sin autorización.

Imagínese que en el banco del que usted es cliente, repentinamente en vez de tener una cuenta, tiene 2 o 3. Usted no las autorizó, ni sabe que existen, pero todos los meses le cobran un poco de dinero por el manejo de las mismas, y como el monto no es muy grande, tampoco se da cuenta.

Esto es justamente lo que estaba sucediendo. Desde el 2011 y hasta este año, abrieron millones de cuentas, inventando inclusive cuentas de correo electrónico, números de PIN y otros detalles para no ser descubiertos y poder seguir abriendo cuentas.

Wells Fargo indica que esto no fue un esfuerzo concertado, que fue un acto de deshonestidad de 5,300 de sus empleados.

De mi lado, estoy de acuerdo con los directivos del banco que no fue un acto de corrupción organizacional, pero lo que no quieren darse cuenta es que sí fue un acto generado por la empresa a través de su propia cultura.

¿Por qué? Simple, los empleados empezaron a hacer esto hace varios años con un solo objetivo: llegar a sus metas de ventas para obtener sus jugosos bonos de desempeño.

Esto en sí no suena extraño, la mayoría de las empresas en todo el mundo, en especial las financieras, tienden a recompensar el desempeño de sus empleados a través de comisiones, bonificaciones y similares, estableciendo metas a las que deben de llegar para recibirlos.

El problema es que esto empieza a generar una cultura de individualismo y de “ganar ante todo”. Algo así como en el fútbol donde recompensamos a nuestros jugadores por simular una falta o engañar al árbitro con tal de ganar. Lo que construimos es una cultura que recompensa el llegar a la meta sin importar cómo se llegue a la misma. Es una cultura individualista al mejor estilo de Nicolás Maquiavelo donde ”el fin justifica los medios.”

Esta deshonestidad masiva es creada por estas culturas donde lo único que nos importan son los resultados económicos, llegar a las metas de ventas y poder acceder las recompensas que los acompañan. ¿Si usted fuera empleado de Wells Fargo, habría hecho lo mismo? Probablemente sí. No al principio, inicialmente le habría parecido que lo que sus compañeros hacían estaba mal, pero poco a poco, cuando se da cuenta que muchos lo hacen, y son ellos los que se llevan el reconocimiento del jefe, los bonos todos los meses y las oportunidades de ascenso, en ese momento la mayoría de nosotros habría caído en la tentación de hacerlo, al menos una vez.

El problema es que hacerlo una vez, cuando el resultado es positivo, cuando nos felicitan por lograr algo, aunque lo hayamos hecho de manera deshonesta, la tentación se vuelve más grande de volverlo a hacer, hasta que después de varios meses, se convierte en un hábito usual, ya ni siquiera lo pensamos o nos cuestionamos lo que hacemos, se convierte en parte de nuestra realidad, de nuestra cultura.

Y es por esto que debemos de empezar a repensar lo que realmente queremos en nuestras empresas. Seguimos atados a modelos de competencia que lo único que logran es fomentar nuestra individualidad, alejarnos los unos a los otros y ver a las personas únicamente como parte del próximo bono con el que nos podemos ir de vacaciones.

Todas las empresas que he conocido hasta el día de hoy hablan de la importancia del trabajo en equipo, de los valores, de la honestidad, y, sin embargo, seguimos fomentando lo contrario a través de nuestras políticas competitivas individualistas y nuestros indicadores exclusivamente económicos.

Si queremos una mejor empresa, debemos de construir nuestra cultura de manera coherente, a todo nivel y en todos sus factores y empezar a analizar como lo que pedimos a nuestros colaboradores afecta, a través del tiempo, el comportamiento que van a asumir.

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Atte: El de los Mandados
Jack Raifer

 

 


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